Soledades

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Tengo un amigo que siempre se queja de que no le gusta estar solo. No tiene pareja y se pasa el día lamentándose de una soledad que, si les digo la verdad, únicamente existe en su cabeza. Es abierto y locuaz y su compañía sería del todo agradable, si no acabara quejándose siempre de cosas como ésta. Precisamente, estos días releo Cien años de Soledad, poco después de la desaparición de su autor. Y mi cabeza no para de relacionar, de comparar, la supuesta soledad de mi amigo con el aislamiento, el desamparo, la tristeza y el olvido que marcan la vida de los Buendía y, si me apuran, del mismo Macondo. Eso sí que es soledad en esencia.

La mayoría de nosotros nos hemos sentido solos alguna vez. Te sientes solo casi siempre que pierdes y también algunas veces que ganas. Es posible sentirse solo, incluso, cuando estás acompañado. A veces nos abruma la soledad al final de un abrazo o nos invade si, por alguna causa, decidimos salirnos del redil y abandonar el camino establecido.

La cuestión es que, los que odian la soledad en todas sus versiones y facetas, suelen ser los que reniegan de sí mismos. Como mi amigo. Porque hay soledades necesarias, que reparan, que curan, que oxigenan. Es el aislamiento de un paseo agradable en solitario, el de un momento de reflexión, el del silencio absoluto después del barullo. Hay otras que llegan detrás la abundancia, para volver a ponernos en nuestro sitio. Como decía Mario Benedetti “después de la alegría, después de la plenitud, después del amor, viene la soledad”.

A veces esa soledad es difícil de tolerar, porque viene acompañada de tristeza, de dolor, de desamor o de miedo. Acompañantes amargos que intensifican la sensación de desasosiego. Pero, incluso en estos casos, es mejor no resistirse. Tal como le dice Jorge Drexler en una de sus canciones: “Soledad, aquí están mis credenciales… creo que pasaremos juntos temporales, propongo que tú y yo nos vayamos conociendo”. Son casos inevitables en los que hay que padecerla como un Sarampión y dejar que el tiempo la cure. Entregarse a la situación, que no rendirse. Porque fuera del realismo mágico de Gabo, afortunadamente no hay soledad que cien años dure.

LA “Y” GRIEGA CON LA “O”, YO.

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caligrafía 1

Bea Ponce

Desde bien pequeños ya nos enseñan que hay que escribir sin salirse del renglón. Con buena letra, imitando esa caligrafía, elegante y perfecta, que en realidad no dice nada de quien la escribe y manteniendo el cuaderno lo más aseado posible. Lo mejor es no equivocarse pero, si ocurre, que no se note que has borrado y has vuelto a escribir.

Recuerdo que pasé horas entrenándome para hacer, con cierta gracia, el dichoso rabito de la o. Y mientras ensayaba y ensayaba pensaba, con lo fácil y bonita que es una o redonda, simple, sin adornos. Pero, no. La meta, el reto, el gran problema era conseguir hacer esas oes como Dios y el señor Rubio mandaban para, ya saben, no salirse de la norma.

Y, así nos va…Porque el aprendizaje de la caligrafía es, en realidad, el entrenamiento de la vida. De bien niños dedicamos el tiempo y el esfuerzo a conseguir cosas que jamás aplicaremos después en nuestro día a día. Pocos, poquísimos adultos, le ponen después el rabito a la o y acaban enlazando esa letra con la siguiente como buenamente pueden.

El resultado es, sencillamente maravilloso. Una caligrafía irregular, desigual, personal, auténtica. Unas letras que nos dicen que hemos escrito rápido, con la prisa con la que nos movemos en el día a día . O que estamos sobre una superficie un tanto imperfecta, como nosotros mismos. En ocasiones, utilizamos al escribir un estilo caprichoso e inusual, que no suele ser el nuestro. Pero no hay nada ilícito ni deshonesto en colar de vez en cuando una R mayúscula en medio de un texto o un circulito sobre una i, en lugar de un punto.

Eso demuestra que somos personas más o menos libres, algo volubles, con algún toque inusual y variables. Atributos fantásticos que nos hacen más atractivos e interesantes, divertidos e imperfectos. Nuestro valor añadido es, además, la letra ñ que sólo se incluye en unos veinte alfabetos de todo el mundo. Así que disfrutemos de su curioso sombrerito, llamado tilde o virguilla por los expertos, y no perdamos nuestro tiempo en mirar si se lo hacemos recto o ondulado.

Los renglones torcidos también son renglones. Y el que los lee, los entiende, los aprecia y los valora. Porque no es lo mismo recibir una nota, una carta o un mensaje personal mecanografiado que manuscrito. No es lo mismo leer e interpretar el contenido de unas cuantas letras juntas y en orden, que reconocer en ella a la persona que las escribe.