¡Oído cocina!

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Bea PonceCon las manos en la masa. Así me pillan estos días, inmersa en la segunda fase de mis prácticas. Una nueva etapa que me ha llevado directamente y sin escalas desde el Departamento de Compras a la Cocina de nuestro hotel de 4 estrellas. El arranque no ha sido fácil: territorio desconocido, atuendo de cocinilla, gorrito poco favorecedor sí o sí… (aquí no cabían excusas). Y, de nuevo me salva esa costumbre reciente de ponerme el mundo por montera y pasarme las sensaciones inquietantes por lo que viene a ser el arco de triunfo. Ya me entienden.

¿Que me veo horrorosa de esta guisa? Pues salto al ruedo y soy yo misma la que le da una vuelta entera ante la afición y preguntando uno por uno si las orejas van dentro o fuera del gorro de pinche. ¿Qué de repente digo “pero qué hago yo aquí”? Corro veloz hacia el tren de lavado y me relajo llenando cestos de platos, vasos, bandejas y ollas que en cuestión de minutos saldrán impolutos por el otro extremo de la máquina. ¿Qué ahora tengo demasiado tiempo para mirar mi propio reflejo en los aparadores? Persigo sin tregua al jefe de cocina, al segundo jefe de cocina o a cualquiera de las dos ayudantes para que me enseñen, encarguen, expliquen o pidan cualquier otra cosa. Aquí la pinche, dispuesta a todo menos a sucumbir al miedo escénico en medio de un decorado ajeno y desconocido.

Mientras tanto, he aprendido a preparar fruta con una facilidad pasmosa. Nunca jamás dejaré de comprar una piña, una sandía o un melón por la pereza de pelarlos y cortarlos. He amasado con mis propias manos kilos y kilos de pasta de croqueta de morcilla de Burgos. Una experiencia imponente al inicio pero relajante, edificante y muy hidratante al final. He preparado brochetas de pollo, ensaladas, bandejas de fiambre y canapés para cóctel. He desmontado el buffet del desayuno y he montado tartaletas de varios tipos. Y mientras hacía todo eso, he crecido como observadora, he cubierto de buen humor este nuevo reto profesional y he mantenido a tono mi autoestima cada minuto. No está nada mal para ser mi primerísima primera vez con chaqueta, gorro y delantal…

También he mirado atentamente la vida reflejada en los ojos del personal de Cocina y de Sala. Y he visto asomarse el buen humor y el compañerismo en medio de duras jornadas laborales, turnos demoledores, madrugones, y pesadas cargas. He pasado buena parte de mis mañanas trabajando en la sala de frío, diseccionando sobre la tabla de cortar lo que me queda y lo que me llevo. He buscado un hueco en el congelador para depositar, a veinte grados bajo cero, mis temores y mis agobios. Y he reservado un sitio preferente en la sala de elaborados para unas preciosas copas de helado que he llenado con mis mejores ideas y mis grandes proyectos.

Y todo esto mientras suena de fondo en la radio “Viva la vida” de Coldplay y un par de salas más allá bullen sin piedad caldos, salsas y carrilladas sobre enormes fogones. Mientras se oye la melodía inconfundible de la Thermomix, y pasan ratoncillos de dos patas procedentes de varios departamentos buscando algo apetecible que llevarse a la boca. Mientras mis pies y mi columna soportan con dificultades una hora tras otra de plantón. Mientras mi cuerpo y mis pulmones pasan del frío al helor y del hielo al punto de ebullición tantas veces como necesito pasar de una sala a otra. Es lo que tiene empeñarse en conseguir un buen plato a partir de una nueva receta. Que hay que cambiar la práctica por el sentimiento; la pericia por la imaginación y la destreza por la sensibilidad. Sin olvidarte, además, de poner en el asador las entrañas, el corazón y la conciencia. Ahí seguimos…Buen provecho!

 

Otra copa, por favor

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Nacu

Nacu

He decidido beberme la vida a sorbitos. Poco a poco, con calma para no atragantarme. Es lo que tiene cambiar de estado y pasar de sólido a líquido. Que aunque lo hagas de manera consciente, debes permitirte una pequeña fase de asimilación y entrenamiento, para evitar pasar a gaseoso y desaparecer del todo.

He tenido un contratiempo, sí. Mi mundo se ha dado la vuelta y las cosas ya no ocupa su rincón preestablecido. Pero he decidido aprovechar este movimiento brusco para hacer limpieza. A fondo. Estoy tirando lo que me lastra y tengo intención de no volver a poner nada en su sitio. Entro y salgo de casa por la chimenea. He colgado la cama en la pared a modo de cuadro y suelo pararme frente a ella para deleitarme con una belleza hasta ahora insospechada. Cocino aprovechando el calor que provoca el sol a medianoche a través de mi ventana y nunca más usaré una silla para sentarme, sino para bailar, construir túneles en el pasillo o sujetar libros.

Parece absurdo, pero esto tiene un nombre: pensamiento líquido. Y consiste en ver las cosas desde nuevas perspectivas para aumentar la creatividad. Un punto de vista inusual, nos provoca reflexiones y actuaciones inesperadas. Cuando uno siente miedo, angustia o presión las ideas no fluyen. Pero si utilizamos el llamado pensamiento lateral, convertiremos los problemas en micro-problemas y será mucho más fácil encontrar para ellos una solución.

Para conseguirlo hay que arrancarse de cuajo el disfraz de espectador de nuestras propias vidas y enfundarnos el mono de la proactividad. Las nuevas perspectivas no llegan solas, hay que bajarse de un salto de la zona de confort, licuar moldes y barreras y dejar que el pensamiento fluya líquido y libre por cualquier rincón. Les sorprenderá las infinitas opciones que salen al camino. Tan infinitas como las formas y cauces por los que va transcurriendo ese líquido que es nuestro pensamiento.

De este planteamiento, acuñado por un psicólogo llamado Edward Bono, han salido gloriosas campañas de publicidad de marcas tan conocidas como Atrápalo, Ikea o Mahou. Muchas de ellas surgieron de la mente líquida de David Segura, desde hace poco mi creativo de cabecera. Pero la misma sociedad hoy es mucho más líquida que hace unos años. Como muestra, la pérdida de rigidez en instituciones como el matrimonio o la familia, que ahora se presentan en una amplia gama de formas y colores. Además, primamos lo efímero, lo cambiable, porque derretimos los moldes para crear otros nuevos a cada paso y eso nos permite avanzar al ritmo que marcan aspectos como la tecnología o la globalización. Ya nada es como antes.

El secreto está en adaptarse a las circunstancias conforme vienen y sin excusas. No quedarse quieto jamás, porque volver a arrancar nos constará el doble. Mostrarse, exponerse, enseñarse al mundo sin tapujos. Romper sin miedo huevos, huevos y más huevos hasta conseguir que salga una buena tortilla. Disfrutar y divertirse con cualquier cosa que hagamos y conseguir así ser un poquito más libres. La idea (líquida, por supuesto!) es que acabemos bebiendo de un trago esa vida que comenzamos a saborear a pequeños sorbitos. Y, a continuación, pedir que nos llenen de nuevo la copa.