De cara y de perfil

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Montserrat Labiaga FerrerHay que ver cómo cambian las cosas, en función de la perspectiva con que las mires. El otro día Laura quedó prendada de un apuesto caballero que almorzaba en una mesa cercana a la suya. Ocurrió en un restaurante que descubrió hace poco en pleno corazón de Alicante y que también le ha robado el paladar. El lugar se llama Pequeña Luisa (Pícnic Urbano) y es acogedor, bonito, chic y, sobre todo, con un alma diferente.

Pues, … a lo que iba. Durante toda la comida admiraba el perfil de este chico, masculino y apuesto, y cuanto más lo miraba más le gustaba. Por suerte, ella estaba fuera de su campo visual y entre plato y plato, levantaba los ojos del Ipad para observarlo. Él comía sólo, miraba a través del ventanal que tenía enfrente y, de vez en cuando, se entretenía consultando su teléfono móvil. Llevaba un reloj grande y deportivo en la muñeca derecha -la que caía justo hacia su lado- y vestía traje. Almorzaba en mangas de camisa (sin corbata) y tenía también sobre la mesa una agenda abierta que, de momento, no consultaba.

Era moreno de piel y de cabello oscuro. Llevaba un corte desenfadado e irregular, que hacía que algunas mechas cayeran desordenadas sobres su oreja derecha (es de suponer que también sobre la izquierda). Dedicó unos segundos a escrutar su rostro (el medio rostro que ella acertaba a ver) para echarle una edad aproximada. ¿Treinta y muchos? ¿cuarenta y poquísimos?… por ahí andaba la cosa.

Volvió a sus asuntos (debía de acabar de leer un texto antes de entrar a una clase) y, cuando alzó de nuevo la mirada, su silla estaba vacía. Fue tan brusca la batida visual que hizo por todo el pequeño local para localizarlo, que un señor que comía justo a su lado buscó también con su mirada algo digno de atención, pero evidentemente no lo encontró. Él no, pero Laura sí. Porque rápidamente vio su chaqueta sobre el respaldo de la silla situada al otro lado de su mesa y dedujo que todavía estaba allí, que no había abandonado el local, que todavía podía mirarlo una vez más, que no se había quedado con las ganas de que se cruzaran sus miradas, que todavía había esperanza…

Poco después él volvió a su mesa. Ahora si, ojeó su agenda mientras tomaba café en una una taza blanca y humeante que parecía diminuta entre sus grandes manos. Finalmente se levantó, giró su cuerpo hacia la dirección en la que Laura se encontraba y entonces… ocurrió.

El día se le hizo negro, el alma le cayó a los pies y le invadió la decepción. Lamentó esa máxima tan de moda ahora entre los coachs más cotizados de “si cambias tu perspectiva puedes cambiar el mundo”. Pues sí, cambió la perspectiva de Laura y con ella ese micromundo irreal y caduco, construido a base de imaginación y de medias verdades. De efectos visuales y de ilusiones nacidas entre cucharada y cucharada, entre primeros y segundos, a medio camino entre el pan y el postre. Del todo inventado a partir de una sola parte. Esperó a que él se fuera y, unos minutos más tarde, abandonó el local más decidida que nunca a mirar la vida de cara y a no volver a imaginar rostros completos a partir de realidades laterales.

El fenómeno Happy y contra-happy

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Pero, ¡¡¡que ganas de bailar!!! De bailar, de rodar y de ser feliz!!! Es lo que se siente cuando uno oye la canción “Happy” de Pharrell Williams y ve la versión valenciana de su video. Les cuento… Este músico lanzó en noviembre este tema acompañado de un vídeoclip de 24 horas de duración y lo colgó en internet. Un dia entero en el que aparece gente, gente y más gente bailando al son de su canción. Es una melodia pegadiza, optimista, con una letra que viene a decir algo así como soy feliz como una perdiz y me importa un bledo lo que vengas a contarme. Porque estoy de subidón. La canción pertenece a la banda sonora de la película Gru Mi Villano Favorito 2 y en estos 4 meses se han grabado distintas versiones en ciudades de todo el planeta. Por supuesto, ya podemos disfrutar, como les digo, de la Valencia más Happy, y no tardarán en aparecer también Alicante, Castellón o, incluso, Tollos, Valldalba o Chelva. Y es que, el escenario es lo de menos. Lo importante es el mensaje y, sobre todo, los ciudadanos/actores/balilarines, animados a traves de las redes sociales, a participar en este videoclip.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias, la Estación del Norte, el cauce del Túria, el edificio Veles e Vents, el Mercado Central… rincones maravillosos de una Valencia ufana y dichosa que, durante 4 minutos, olvida sus miserias y a sus políticos, para mostrarnos esta danza de la felicidad. Cuentan que cada uno de los protagonistas tuvo que bailar la canción entera y después escogieron sus “mejores momentos” para incluirlos en el montaje final del video. Se hicieron tomas de día y de noche, a gente que bailada andando o sobre una bici, solos o acompañados, en la calle o dentro de una tienda. También hay bailarines felices detrás del mostrador de una parada de mercado y coreografías ensayadas dentro de un autobús o con el mar de fondo. Espontáneos que pasaban por allí y se unían al baile y conductores que mueven el esqueleto sentados al volante de su propio vehículo. Ya les digo, pura dicha al son de la música.

Pero, era de esperar. No ha tardado nada en salir la versión Unhappy Valencia, que nos da una buena bofetada y nos regresa a ésta, nuestra realidad. Balilarines menos ufanos, sobre fondos decadentes, inacabados o arrasados. Léase oficinas del SERVEF, instalaciones de RTVV, sucursales de Bankia o la mismísima Ciudad de la Justícia donde estos días y ayer y mañana se juzgan corruptelas, robos, saqueos y leyes sacadas de la manga. Curiosamente, la Ciudad de las Artes y las Ciencias sirve de escenario para las dos versiones: unos destacan la magneficiencia de un proyecto que puso a Valencia en el mapa y a otros les sirve para ilustrar aquella realidad prometedora que se transformó en un humo negro que ahora sólo deja ver los restos de un trencadís imperfecto. Y es que, ya me contarán. Bailar sobre el futuro incierto de El Cabanyal o con las obras ruinosas del Nuevo Mestalla como fondo… pues no es bailar.

Así que, tenemos dos opciones. Podemos olvidarnos durante unos minutos de lo que prometimos ser y no fuimos, para celebrar lo que realmente somos (esta sería la versión Happy de la historia) o podemos zapatear sobre el cadáver de aquella felicidad que nos prometieron y que algunos se llevaron escondida en el doble fondo de un maletín, enredada entre sus trajes y junto con la prosperidad de un pueblo (versión Unhappy). Ustedes eligen. ¿Bailan o no bailan?