LA “Y” GRIEGA CON LA “O”, YO.

Estándar
caligrafía 1

Bea Ponce

Desde bien pequeños ya nos enseñan que hay que escribir sin salirse del renglón. Con buena letra, imitando esa caligrafía, elegante y perfecta, que en realidad no dice nada de quien la escribe y manteniendo el cuaderno lo más aseado posible. Lo mejor es no equivocarse pero, si ocurre, que no se note que has borrado y has vuelto a escribir.

Recuerdo que pasé horas entrenándome para hacer, con cierta gracia, el dichoso rabito de la o. Y mientras ensayaba y ensayaba pensaba, con lo fácil y bonita que es una o redonda, simple, sin adornos. Pero, no. La meta, el reto, el gran problema era conseguir hacer esas oes como Dios y el señor Rubio mandaban para, ya saben, no salirse de la norma.

Y, así nos va…Porque el aprendizaje de la caligrafía es, en realidad, el entrenamiento de la vida. De bien niños dedicamos el tiempo y el esfuerzo a conseguir cosas que jamás aplicaremos después en nuestro día a día. Pocos, poquísimos adultos, le ponen después el rabito a la o y acaban enlazando esa letra con la siguiente como buenamente pueden.

El resultado es, sencillamente maravilloso. Una caligrafía irregular, desigual, personal, auténtica. Unas letras que nos dicen que hemos escrito rápido, con la prisa con la que nos movemos en el día a día . O que estamos sobre una superficie un tanto imperfecta, como nosotros mismos. En ocasiones, utilizamos al escribir un estilo caprichoso e inusual, que no suele ser el nuestro. Pero no hay nada ilícito ni deshonesto en colar de vez en cuando una R mayúscula en medio de un texto o un circulito sobre una i, en lugar de un punto.

Eso demuestra que somos personas más o menos libres, algo volubles, con algún toque inusual y variables. Atributos fantásticos que nos hacen más atractivos e interesantes, divertidos e imperfectos. Nuestro valor añadido es, además, la letra ñ que sólo se incluye en unos veinte alfabetos de todo el mundo. Así que disfrutemos de su curioso sombrerito, llamado tilde o virguilla por los expertos, y no perdamos nuestro tiempo en mirar si se lo hacemos recto o ondulado.

Los renglones torcidos también son renglones. Y el que los lee, los entiende, los aprecia y los valora. Porque no es lo mismo recibir una nota, una carta o un mensaje personal mecanografiado que manuscrito. No es lo mismo leer e interpretar el contenido de unas cuantas letras juntas y en orden, que reconocer en ella a la persona que las escribe.

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