Mi vida sin mí

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footprints-456732_640Saludos desde mi isla. Uno de esos pequeños trocitos de tierra, donde ya avisé que recalaría en medio de mi naufragio. Hace meses que no enviaba ningún mensaje en una botella, pero aquí estoy de nuevo para confirmar que sigo viva, ahogándome de tanto en cuanto, pero viva al fin y al cabo. Hace ya más de un año que naufragó mi barca y ya auspicié una deriva llena de luces y sombras, de calmas y arrebatos, de bienestares, gozos y placeres acompañados de tormentos, congojas y desconsuelos. Un viaje de vaivenes marcados por las olas que, aunque a veces me superan en altura, jamás llegan a tsunami.
Y es que no hay nada mejor que conocerse un poco a uno mismo, para sorprenderse después de las propias reacciones. No sabía, y no sé, qué va a ser de mí. Pero sí sabía, y sí sé, que la única solución válida era nadar sin parar hasta tropezar con un lugar donde recuperar el resuello. Y todo para, después, seguir nadando. Y en esas me encuentro…
Lo sorprendente es que la mayoría de las veces, disfruto de la agónica travesía. Y lo consigo dándoles nuevos usos a las viejas cosas. Por ejemplo, ato a mi cintura los miedos y las inseguridades a modo de flotadores. O me pongo de visera los recelos, las dudas y las vacilaciones. A veces, me alimento de mis errores y descuidos. Y me bebo de un trago mis veleidades, no sin antes brindar por aquello que se esconde detrás de un insospechado horizonte sin tierra a la vista.
De esta manera, consigo vivir mi naufragio como una simple inmersión. Y me invito a mí misma a disfrutar de ese océano interminable como si fuera, simplemente, un mar de sensaciones. Pero, sobre todo, lo que logro es seguir avanzando porque sé que al final siempre aparece una isla para naufragar. O varias. Y quién sabe si cualquiera de estos días me topo con tierra firme y descubro que detrás de los cocoteros hay algo más que una playa. Por ejemplo, un lugar donde recalar: mi sitio.

¡Oído cocina!

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Bea PonceCon las manos en la masa. Así me pillan estos días, inmersa en la segunda fase de mis prácticas. Una nueva etapa que me ha llevado directamente y sin escalas desde el Departamento de Compras a la Cocina de nuestro hotel de 4 estrellas. El arranque no ha sido fácil: territorio desconocido, atuendo de cocinilla, gorrito poco favorecedor sí o sí… (aquí no cabían excusas). Y, de nuevo me salva esa costumbre reciente de ponerme el mundo por montera y pasarme las sensaciones inquietantes por lo que viene a ser el arco de triunfo. Ya me entienden.

¿Que me veo horrorosa de esta guisa? Pues salto al ruedo y soy yo misma la que le da una vuelta entera ante la afición y preguntando uno por uno si las orejas van dentro o fuera del gorro de pinche. ¿Qué de repente digo “pero qué hago yo aquí”? Corro veloz hacia el tren de lavado y me relajo llenando cestos de platos, vasos, bandejas y ollas que en cuestión de minutos saldrán impolutos por el otro extremo de la máquina. ¿Qué ahora tengo demasiado tiempo para mirar mi propio reflejo en los aparadores? Persigo sin tregua al jefe de cocina, al segundo jefe de cocina o a cualquiera de las dos ayudantes para que me enseñen, encarguen, expliquen o pidan cualquier otra cosa. Aquí la pinche, dispuesta a todo menos a sucumbir al miedo escénico en medio de un decorado ajeno y desconocido.

Mientras tanto, he aprendido a preparar fruta con una facilidad pasmosa. Nunca jamás dejaré de comprar una piña, una sandía o un melón por la pereza de pelarlos y cortarlos. He amasado con mis propias manos kilos y kilos de pasta de croqueta de morcilla de Burgos. Una experiencia imponente al inicio pero relajante, edificante y muy hidratante al final. He preparado brochetas de pollo, ensaladas, bandejas de fiambre y canapés para cóctel. He desmontado el buffet del desayuno y he montado tartaletas de varios tipos. Y mientras hacía todo eso, he crecido como observadora, he cubierto de buen humor este nuevo reto profesional y he mantenido a tono mi autoestima cada minuto. No está nada mal para ser mi primerísima primera vez con chaqueta, gorro y delantal…

También he mirado atentamente la vida reflejada en los ojos del personal de Cocina y de Sala. Y he visto asomarse el buen humor y el compañerismo en medio de duras jornadas laborales, turnos demoledores, madrugones, y pesadas cargas. He pasado buena parte de mis mañanas trabajando en la sala de frío, diseccionando sobre la tabla de cortar lo que me queda y lo que me llevo. He buscado un hueco en el congelador para depositar, a veinte grados bajo cero, mis temores y mis agobios. Y he reservado un sitio preferente en la sala de elaborados para unas preciosas copas de helado que he llenado con mis mejores ideas y mis grandes proyectos.

Y todo esto mientras suena de fondo en la radio “Viva la vida” de Coldplay y un par de salas más allá bullen sin piedad caldos, salsas y carrilladas sobre enormes fogones. Mientras se oye la melodía inconfundible de la Thermomix, y pasan ratoncillos de dos patas procedentes de varios departamentos buscando algo apetecible que llevarse a la boca. Mientras mis pies y mi columna soportan con dificultades una hora tras otra de plantón. Mientras mi cuerpo y mis pulmones pasan del frío al helor y del hielo al punto de ebullición tantas veces como necesito pasar de una sala a otra. Es lo que tiene empeñarse en conseguir un buen plato a partir de una nueva receta. Que hay que cambiar la práctica por el sentimiento; la pericia por la imaginación y la destreza por la sensibilidad. Sin olvidarte, además, de poner en el asador las entrañas, el corazón y la conciencia. Ahí seguimos…Buen provecho!

 

Tú abdica, que yo me reinvento

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Bea PonceTengo la sensación de haber retrocedido 20 años en mi propia historia, pero con otros veintitantos más, colgando uno detrás de otro sobre mis espaldas. No puedo decir que vuelva a ser becaria, pero sí que estoy otra vez en prácticas. Nuevamente trabajo muchas horas, 6 al día, por amor al arte y en pro de mi proceso de reinvención. Otra vez vuelvo a dar lo mejor de mí, sin retribución económica. Y, por enésima vez en mi vida, la avidez de aprender, la necesidad de saber, la obsesión por aprovechar cada minuto, hace que intente disfrutar al máximo de la experiencia tomándomelo como un nuevo regalo que me da la vida. Y van muchos…

Lo han entendido bien. Esta semana he iniciado un proceso de aprendizaje en prácticas en una empresa hotelera de mi ciudad. Durante las próximas semanas pasaré por todos y cada uno de los 12 departamentos del establecimiento. El objetivo es descubrir los secretos mejor guardados del funcionamiento de un hotel de 4 estrellas, que hasta ahora una sólo había disfrutado como clienta. Abrirlo en canal de parte a parte, asomarme y ver de cerca sus tripas. Y, al final, volver a cerrar al animal comprendiendo qué funcionamiento exacto de cada pieza consigue hacer girar el engranaje.

Como decía, tengo 20 años más que antes, 4 lustros de experiencia en otra profesión, importantes y prioritarias obligaciones familiares y mucha menos energía. Pero, también tengo toneladas de curiosidad, el alma llena de ilusión, el estómago repleto de miedo a un futuro incierto y un par de ovarios que, por fortuna, suelen acompañarme en las grandes ocasiones.

Por primera vez en mi vida, visto de uniforme. Discreto, eso sí. Pantalón y polo negro, aderezado con una chapita con mi nombre. Me miro con insistencia cada vez que veo mi silueta reflejada en cualquier lugar por donde paso y no acierto a decidir si me gusto o no. Creo que el balance es más positivo que negativo, pero también creo que no me atrevo a reconocerlo abiertamente ante mí misma. Cosas de mi vida pasada, supongo…

Y es que todavía vivo en un estado perpetuo de bipolaridad. Me explico. Compartir almuerzo con otras 8 personas en el comedor de personal y enterarte de rebote y de pasada de la abdicación del Rey… cuesta de asimilar. Mientras los demás discuten sobre si es o no el momento apropiado para tan magna decisión, yo sólo tengo ganas de gritar que soy periodista, que necesito urgentemente ver u oír un informativo. O que, en su defecto, debo de salir corriendo al vestuario para devorar mi Smartphone y machacar con el dedo las redes sociales y las ediciones digitales de los periódicos. Pero, no. Una respira hondo, acaba de comer, vuelve al departamento de compras del hotel y continúa aprendiendo a cuadrar stocks e inventarios, a hacer pedidos y a husmear en los intríngulis del establecimiento y de la cadena. Como dice Sabina, la vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo ya hay que morirse. Y yo, todavía en prácticas…

Mi cara, tus caritas, sus emoticonos…

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file000132267159Mi amigo Roberto amenaza con borrarse de Facebook. Así me lo soltó el otro día y por un momento imaginé qué sería de mí sin sus comentarios ocurrentes y sin sus típicas fotos “a la bartola” ahora que llega el verano. Sin esas imágenes ingeniosas que, en amistosa competición con otros fotógrafos profesionales como él, nos enseñan caritas allá donde otros sólo vemos tapas de alcantarilla, los grifos de un lavabo o unos posos de café. Este fenómeno psicológico se llama Pareidolia y consiste en ver rostros o figuras donde no las hay.

Pero, a lo que iba. Roberto ha tomado esta drástica decisión por responsabilidad paterna. Dice que no quiere que sus hijos, todavía pequeños, crezcan viendo a sus padres con la cara pegada a una pantalla de móvil, ausentes a intervalos de 5 minutos, y con el silbido del WhatsApp como banda sonora de su infancia. El teléfono, la tablet, la smart TV que nacieron como aliados, acaban adueñándose de una sociedad ávida de inmediatez, notoriedad y comunicación compulsiva.

Seguro que todos conocemos a alguien que vive su vida a base de retweets y hashtags. Que no mueve una pestaña sin mostrar la foto al mundo, incluso antes de haberla movido. Gente que hace de su existencia una auténtica campaña de marketing on line y que se alimenta de Me Gustas, Favoritos y Más Unos. Personas que ven manitas con el dedo hacia abajo en las peores de sus pesadillas, o que deambulan tristes y ojerosas en busca de comentarios, menciones y trending topics. Emisores que ya no emiten mensajes si no los encriptan dentro de una sarta de emoticonos.

Hoy, sin ir más lejos, he compartido mesa y mantel con dos buenas amigas. Dos horas largas de conversación agradable, afectuosa, interesante, HUMANA. Teníamos tres rostros reales a modo de avatares, con sus guiños y sus patas de gallo. Hemos escrito un blog entero nosotras solitas, con una charla que ha ido de lo profesional a lo personal, ha sobrevolado lo emocionante e incluso, en algún instante, ha recalado en algún punto doloroso. Nos hemos hecho #FF (seguidoras) de nuestras propias historias, llenas de zarpazos, osadías y realidades. Y hemos llenado nuestro timeline de anécdotas, planes geniales y temores ante futuros inciertos.

A estas alturas nos sería muy difícil ya darle la espalda a las redes sociales y a las nuevas tecnologías. No hay vuelta atrás y seguro que el mundo es mucho mejor desde que existen. Pero en mi mundo también caben las miradas directas, las sonrisas cómplices y los brindis con sonido real de chin-chin. Quiero seguir viendo en la web las caritas inventadas de mi amigo Roberto, mientras le digo cara a cara y en persona que él sabe mejor que nadie que a veces las cosas no son lo que parecen. Que Facebook no es el lobo feroz, que el WhatsApp puede enmudecer si tú quieres y que lo urgente nunca manda más que lo importante.

Otra copa, por favor

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Nacu

Nacu

He decidido beberme la vida a sorbitos. Poco a poco, con calma para no atragantarme. Es lo que tiene cambiar de estado y pasar de sólido a líquido. Que aunque lo hagas de manera consciente, debes permitirte una pequeña fase de asimilación y entrenamiento, para evitar pasar a gaseoso y desaparecer del todo.

He tenido un contratiempo, sí. Mi mundo se ha dado la vuelta y las cosas ya no ocupa su rincón preestablecido. Pero he decidido aprovechar este movimiento brusco para hacer limpieza. A fondo. Estoy tirando lo que me lastra y tengo intención de no volver a poner nada en su sitio. Entro y salgo de casa por la chimenea. He colgado la cama en la pared a modo de cuadro y suelo pararme frente a ella para deleitarme con una belleza hasta ahora insospechada. Cocino aprovechando el calor que provoca el sol a medianoche a través de mi ventana y nunca más usaré una silla para sentarme, sino para bailar, construir túneles en el pasillo o sujetar libros.

Parece absurdo, pero esto tiene un nombre: pensamiento líquido. Y consiste en ver las cosas desde nuevas perspectivas para aumentar la creatividad. Un punto de vista inusual, nos provoca reflexiones y actuaciones inesperadas. Cuando uno siente miedo, angustia o presión las ideas no fluyen. Pero si utilizamos el llamado pensamiento lateral, convertiremos los problemas en micro-problemas y será mucho más fácil encontrar para ellos una solución.

Para conseguirlo hay que arrancarse de cuajo el disfraz de espectador de nuestras propias vidas y enfundarnos el mono de la proactividad. Las nuevas perspectivas no llegan solas, hay que bajarse de un salto de la zona de confort, licuar moldes y barreras y dejar que el pensamiento fluya líquido y libre por cualquier rincón. Les sorprenderá las infinitas opciones que salen al camino. Tan infinitas como las formas y cauces por los que va transcurriendo ese líquido que es nuestro pensamiento.

De este planteamiento, acuñado por un psicólogo llamado Edward Bono, han salido gloriosas campañas de publicidad de marcas tan conocidas como Atrápalo, Ikea o Mahou. Muchas de ellas surgieron de la mente líquida de David Segura, desde hace poco mi creativo de cabecera. Pero la misma sociedad hoy es mucho más líquida que hace unos años. Como muestra, la pérdida de rigidez en instituciones como el matrimonio o la familia, que ahora se presentan en una amplia gama de formas y colores. Además, primamos lo efímero, lo cambiable, porque derretimos los moldes para crear otros nuevos a cada paso y eso nos permite avanzar al ritmo que marcan aspectos como la tecnología o la globalización. Ya nada es como antes.

El secreto está en adaptarse a las circunstancias conforme vienen y sin excusas. No quedarse quieto jamás, porque volver a arrancar nos constará el doble. Mostrarse, exponerse, enseñarse al mundo sin tapujos. Romper sin miedo huevos, huevos y más huevos hasta conseguir que salga una buena tortilla. Disfrutar y divertirse con cualquier cosa que hagamos y conseguir así ser un poquito más libres. La idea (líquida, por supuesto!) es que acabemos bebiendo de un trago esa vida que comenzamos a saborear a pequeños sorbitos. Y, a continuación, pedir que nos llenen de nuevo la copa.

De cara y de perfil

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Montserrat Labiaga FerrerHay que ver cómo cambian las cosas, en función de la perspectiva con que las mires. El otro día Laura quedó prendada de un apuesto caballero que almorzaba en una mesa cercana a la suya. Ocurrió en un restaurante que descubrió hace poco en pleno corazón de Alicante y que también le ha robado el paladar. El lugar se llama Pequeña Luisa (Pícnic Urbano) y es acogedor, bonito, chic y, sobre todo, con un alma diferente.

Pues, … a lo que iba. Durante toda la comida admiraba el perfil de este chico, masculino y apuesto, y cuanto más lo miraba más le gustaba. Por suerte, ella estaba fuera de su campo visual y entre plato y plato, levantaba los ojos del Ipad para observarlo. Él comía sólo, miraba a través del ventanal que tenía enfrente y, de vez en cuando, se entretenía consultando su teléfono móvil. Llevaba un reloj grande y deportivo en la muñeca derecha -la que caía justo hacia su lado- y vestía traje. Almorzaba en mangas de camisa (sin corbata) y tenía también sobre la mesa una agenda abierta que, de momento, no consultaba.

Era moreno de piel y de cabello oscuro. Llevaba un corte desenfadado e irregular, que hacía que algunas mechas cayeran desordenadas sobres su oreja derecha (es de suponer que también sobre la izquierda). Dedicó unos segundos a escrutar su rostro (el medio rostro que ella acertaba a ver) para echarle una edad aproximada. ¿Treinta y muchos? ¿cuarenta y poquísimos?… por ahí andaba la cosa.

Volvió a sus asuntos (debía de acabar de leer un texto antes de entrar a una clase) y, cuando alzó de nuevo la mirada, su silla estaba vacía. Fue tan brusca la batida visual que hizo por todo el pequeño local para localizarlo, que un señor que comía justo a su lado buscó también con su mirada algo digno de atención, pero evidentemente no lo encontró. Él no, pero Laura sí. Porque rápidamente vio su chaqueta sobre el respaldo de la silla situada al otro lado de su mesa y dedujo que todavía estaba allí, que no había abandonado el local, que todavía podía mirarlo una vez más, que no se había quedado con las ganas de que se cruzaran sus miradas, que todavía había esperanza…

Poco después él volvió a su mesa. Ahora si, ojeó su agenda mientras tomaba café en una una taza blanca y humeante que parecía diminuta entre sus grandes manos. Finalmente se levantó, giró su cuerpo hacia la dirección en la que Laura se encontraba y entonces… ocurrió.

El día se le hizo negro, el alma le cayó a los pies y le invadió la decepción. Lamentó esa máxima tan de moda ahora entre los coachs más cotizados de “si cambias tu perspectiva puedes cambiar el mundo”. Pues sí, cambió la perspectiva de Laura y con ella ese micromundo irreal y caduco, construido a base de imaginación y de medias verdades. De efectos visuales y de ilusiones nacidas entre cucharada y cucharada, entre primeros y segundos, a medio camino entre el pan y el postre. Del todo inventado a partir de una sola parte. Esperó a que él se fuera y, unos minutos más tarde, abandonó el local más decidida que nunca a mirar la vida de cara y a no volver a imaginar rostros completos a partir de realidades laterales.

Soledades

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Tengo un amigo que siempre se queja de que no le gusta estar solo. No tiene pareja y se pasa el día lamentándose de una soledad que, si les digo la verdad, únicamente existe en su cabeza. Es abierto y locuaz y su compañía sería del todo agradable, si no acabara quejándose siempre de cosas como ésta. Precisamente, estos días releo Cien años de Soledad, poco después de la desaparición de su autor. Y mi cabeza no para de relacionar, de comparar, la supuesta soledad de mi amigo con el aislamiento, el desamparo, la tristeza y el olvido que marcan la vida de los Buendía y, si me apuran, del mismo Macondo. Eso sí que es soledad en esencia.

La mayoría de nosotros nos hemos sentido solos alguna vez. Te sientes solo casi siempre que pierdes y también algunas veces que ganas. Es posible sentirse solo, incluso, cuando estás acompañado. A veces nos abruma la soledad al final de un abrazo o nos invade si, por alguna causa, decidimos salirnos del redil y abandonar el camino establecido.

La cuestión es que, los que odian la soledad en todas sus versiones y facetas, suelen ser los que reniegan de sí mismos. Como mi amigo. Porque hay soledades necesarias, que reparan, que curan, que oxigenan. Es el aislamiento de un paseo agradable en solitario, el de un momento de reflexión, el del silencio absoluto después del barullo. Hay otras que llegan detrás la abundancia, para volver a ponernos en nuestro sitio. Como decía Mario Benedetti “después de la alegría, después de la plenitud, después del amor, viene la soledad”.

A veces esa soledad es difícil de tolerar, porque viene acompañada de tristeza, de dolor, de desamor o de miedo. Acompañantes amargos que intensifican la sensación de desasosiego. Pero, incluso en estos casos, es mejor no resistirse. Tal como le dice Jorge Drexler en una de sus canciones: “Soledad, aquí están mis credenciales… creo que pasaremos juntos temporales, propongo que tú y yo nos vayamos conociendo”. Son casos inevitables en los que hay que padecerla como un Sarampión y dejar que el tiempo la cure. Entregarse a la situación, que no rendirse. Porque fuera del realismo mágico de Gabo, afortunadamente no hay soledad que cien años dure.